Mostrando entradas con la etiqueta deleite vertical. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta deleite vertical. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de septiembre de 2021

Deleitarse en Dios - La importancia del precepto (2)

Un tratado sobre el deleite en Dios

John Howe

Traducción y adaptación: Guillermo de la Cruz

Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón.
Salmos 37:4

PARTE I (Continuación)

MOSTRANDO LA IMPORTANCIA DE ESTE PRECEPTO

Nuestro discurso sobre este tema se dividirá, de manera natural, en dos partes. La primera relativa a la importancia, y la última a la práctica del deleite en Dios, ordenado en el mandamiento. 

Para explorar más nítidamente la importancia y el significado del deleite en Dios, será necesario que atendamos; 1) el objeto deleitoso y 2) el deleite en dicho objeto.

1. En cuanto a lo primero, lo que en general es objeto de deseo es algún bien. Aquí se trata del bien principal y mejor, la excelencia más elevada y perfecta, cuya bondad y excelencia, consideradas como residiendo en Dios, nos da una doble noción o perspectiva del objeto sobre el cual este deleite puede ejercerse:

1) Desde una perspectiva absoluta, Dios puede ser considerado en si mismo como el mejor y más excelente Ser en quién el ojo inteligente encuentra la concurrencia de todas las perfecciones, las más agradables y bellas excelencias, de las que pueda tener alguna apreciación. 

2) Desde una perspectiva relativa, su bondad y excelencia pueden ser consideradas no sólo como son en si mismas, sino también como teniendo efecto sobre sus criaturas. Porque, considerándolo como el Ser más excelente en sí mismo; si damos aquí libertad a nuestros pensamientos para ejercitarse, pronto hallaremos que el debe ser también necesariamente considerado el primer bien; el bien original y autor de todo otro bien; de otra forma, no sería el bien más excelente.

Además de la relación general que el guarda con todo, como su común Hacedor, Sustentador, y Organizador; observando que hay algunos, que por su naturaleza racional, tienen la capacidad de ser gobernados por él (en el sentido propio, por una ley) y de ser bendecidos en él, con respecto a estos, lo consideramos como sosteniendo una doble relación, de acuerdo a la cual hemos de verlo y actuar hacia él, tanto como el Señor a obedecer y como la porción a disfrutar, y hemos de advertir en él las más excelentes delicias, (lo que requiere que nos comportemos de manera acorde a ellas). Respecto a cada una de estas consideraciones hemos de mirarlo a él; 1) Como el Señor más excelente, más exquisitamente excelente; quien no podemos considerar sino como digno de todo posible honor y gloria; ante quién toda rodilla se doblará y a quien toda lengua confesará, y a quién le será dado homenaje, sujeción y adoración universal por siempre; 2) Como la porción más excelente, en quien todas las cosas que pueden conducir a ello concurren y se encuentran, toda la riqueza y plenitud deseable e imaginable, junto con amplia generosidad y fluida bondad, correspondiente en todos los sentidos a las ansias y deseos de almas indigentes y sedientas, La primera de estas nociones señala nuestra obligación y deber hacia él, la segunda provoca una expectación de beneficio proveniente de él.

Pero ahora, a causa de que por la apostasía hemos lesionado su derecho sobre nosotros como Señor, renunciado a nuestro propio derecho en él como nuestra porción, y perdido nuestra capacidad o disposición inmediata tanto de servirle, como de disfrutar de él, esta gran brecha entre él y nosotros no puede ser superada sino a través de un mediador, para cuyo oficio y empresa su propio Hijo encarnado, la Palabra hecha carne (siendo el único que encajaba), fue designado. Por él, interviniendo entre las dos partes distanciadas, satisfaciendo la justicia de Dios, y subsanando la enemistad del hombre, la distancia (en la medida en que la eficacia de su mediación se extiende) es superada; y, para los reconciliados, Dios vuelve a ser reconocido como Señor y porción. Su derecho es vindicado, el de ellos es restaurado; y ambos son establecidos sobre nuevos fundamentos, agregados a aquellos sobre los que se sostenían anteriormente, de manera que ahora nuestros actos hacia Dios, y nuestras expectativas respecto a él deben ser a través del Mediador. De aquí en más, este objeto de deleite nuestro, considerado desde el punto de vista relativo, con respecto a nosotros, es enteramente Dios en Cristo, siendo reconciliado. Nos gozamos en Dios a través de nuestro Señor Jesucristo, por quien ahora hemos recibido la redención.  

viernes, 17 de septiembre de 2021

Un tratado sobre el deleite en Dios - John Howe (1)

Un tratado sobre el deleite en Dios

John Howe

Traducción y adaptación: Guillermo de la Cruz

Deléitate asimismo en Jehová, Y él te concederá las peticiones de tu corazón.
Salmos 37:4
 

PARTE I

MOSTRANDO LA IMPORTANCIA DE ESTE PRECEPTO

Capítulo I. 

Significado y aplicación del texto. El Objeto en el cual deleitarse. Acceso a Dios por un mediador. Dios considerado en su Revelación a nosotros, como nuestro Salvador y porción. La suficiencia de esta porción: su comunicabilidad. Deseos del alma no regenerada. Deseos del alma renovada. Naturaleza de la Comunicación con referencia al Mediador. Revelación de Dios al alma. Efectos de su revelación sobre el alma.

Este Salmo, por su contenido, parece dar por supuesto un estado de aflicción de los hombres buenos, por la opresión de los malvados, la prosperidad de esos malvados en su curso opresivo, una tendencia en los oprimidos a impacientarse bajo la maldad que sufren, y una disposición a contemplar con ojo persistente y envidioso las cosas buenas que sus opresor disfrutan y ellos mismos quieren. Por tanto, la exposición presenta una conveniente consideración de estas cuestiones, que resulta útil para el fortalecimiento de los justo contra el pecado y problema al que tal estado de cosas les puede conducir.

El versículo citado destaca especialmente en este sentido, en el caso de hombres honrados sufriendo bajo la opresión de los violentos y malvados, que pueden en ese momento codiciar y envidiar el deleite mundano de sus enemigos, estar deseosos de sus manjares, y quejarse de que deberían ser suyos, saben que aquellos merecen cosas peores, pero en cambio son ellos mismos quienes sufren lo peor, que saben no merecen. 

Lo que aquí se ofrece a la consideración de los sufrientes tiende a calmar adecuadamente su descontento, controlar y refrenar su deseo desordenado hacia las cosas inferiores, o canalizarlo y dirigirlo hacia otro lado. Es como si dijera; "no tiene sentido que mires con displacer o deseo desmesurado sus delicias; tu puedes tener mejores; manjares mejores te pertenecen, y te invitan. El Señor mismo es tu porción. Tanto tu estado como tu espíritu consiste en dedicarte a un santo deleite en él, dejen que sus almas se suelten y pónganlas en libertad para saciarse con esos placeres puros y satisfactorios a los cuales tienen derecho, y en los cuales hallarán abundantemente compensados la perdida y el deseo de sus deleites más mezquinos. Tu tienes deseos y  anhelos naturales, igual que otros hombres, y estos pueden ser demasiado propensos a exceder sus limites y medida justos. Pero si sigues el curso indicado, pronto se volverán sobrios y moderados, satisfechos con lo que es apto, incluso con una concesión indiferente hacia las cosas buenas de esta tierra. En cuanto a tus deseos por el Señor, déjalos ser tan bastos y amplios como sea posible, ellos nunca serán mayores de lo permitido ni de lo que su objeto puede satisfacer; su orientación y exigencia son, de hecho, proporcionales a la plenitud inmensa e ilimitada de tal objeto.

No debemos inquirir demasiado para saber a que tipo de persona va dirigido este mandamiento. Resulta claro que es el deber común de todos deleitarse en Dios. Pero no puede ser el deber inmediato de todos. Los hombres que no conocen a Dios, y son sus enemigos, tienen que hacer algo primero. Aquellos a quienes el precepto se aplica primeramente son los regenerados, (los rectos y justos, como el salmo mismo los designa expresamente), su propia gente.

La manera más provechosa de considerar estas palabras, será, en primer lugar, insistir en el mandamiento dado en la primera parte del versículo y luego mostrar, hacia el final, como aquello  prometido en la última parte tendrá lugar, no sólo en virtud de la promesa, sino incluso naturalmente, 

El mandamiento, en la primera parte, nos da un claro sentido de lo que constituye el placer de Dios; ser él mismo el más grande objeto de deleite de los suyos. Es su voluntad que ellos se deleiten principalmente en él.

sábado, 3 de mayo de 2014

Gozo en sus preceptos - Salmo 119

Psa 119:143  He caído en la angustia y la aflicción, pero tus mandamientos son mi regocijo.

Psa 119:148  En toda la noche no pego los ojos, para meditar en tu promesa.



Psa 119:159  Mira, SEÑOR, cuánto amo tus preceptos; conforme a tu gran amor, dame vida.

Psa 119:161 Gente poderosa me persigue sin motivo, pero mi corazón se asombra ante tu palabra.
Psa 119:162  Yo me regocijo en tu promesa como quien halla un gran botín.
Psa 119:163  Aborrezco y repudio la falsedad, pero amo tu ley.
Psa 119:164  Siete veces al día te alabo por tus rectos juicios.
Psa 119:165  Los que aman tu ley disfrutan de gran bienestar, y nada los hace tropezar.
Psa 119:166  Yo, SEÑOR, espero tu salvación y practico tus mandamientos.
Psa 119:167  Con todo mi ser cumplo tus estatutos. ¡Cuánto los amo!
Psa 119:168  Obedezco tus preceptos y tus estatutos, porque conoces todos mis caminos.


Psa 119:171  Que rebosen mis labios de alabanza, porque tú me enseñas tus decretos.
Psa 119:172  Que entone mi lengua un cántico a tu palabra, pues todos tus mandamientos son justos.
Psa 119:173  Que acuda tu mano en mi ayuda, porque he escogido tus preceptos.
Psa 119:174  Yo, SEÑOR, ansío tu salvación. Tu ley es mi regocijo.