"¿Qué pasaría? – le pregunta – si un millón de cristianos rezaran para que le volviera a crecer un brazo a un hombre que lo perdió en la guerra? El resultado es, por supuesto, que no sucedería tal cosa, a pesar de que otras criaturas de Dios, como la salamandra, son capaces de llevar a cabo dichos procesos. El hombre no puede y, por tanto, nadie reza porque sucedan cosas que, como el ejemplo de Harris, son imposibles”.
Como en el mes de marzo cuando fue publicada no estaba muy inmerso todavía en esto de los blogs, no la había visto y voy a ensayar ahora una posible respuesta.
El problema reside en el punto de vista desde el cual hablamos de acontecimientos posibles o imposibles. El decir: que un inmigrante consiga empleo o a una salamandra le crezca la cola son cosas posibles, pero que a un hombre se le regenere la extremidad amputada es imposible, es correcto solo desde la perspectiva humana. Si existe un Dios todopoderoso a este le es igualmente posible hacer una cosa que las otras. Que ciertas cosas sean imposibles desde la perspectiva humana no implica que también lo sean desde la divina. Aunque en un contexto distinto en el que se refiere a cosas espirituales mas que físicas, creo que podemos apreciar esta diferencia de perspectivas en el concepto vertido por Jesús al afirmar: Para los hombres es imposible, mas para Dios, no; porque todas las cosas son posibles para Dios (Mar. 10:27 y pasajes paralelos). Algunos otros textos interesantes para meditar al respecto podrían ser Gen. 18:14, 1 Samuel 14:6, Zac. 8:6.
Ahora bien, no solo es correcto decir que la distinción entre sucesos posibles e imposibles no es aplicable a Dios, además, el que algo sea posible o no a nivel humano, depende de lo que El disponga.
Es decir, si a Dios le era igualmente posible crear a los hombres de tal manera que cuando perdieran un brazo les vuelva a crecer, como hacerlos de forma que esto no acontezca, el que el hombre sea de esta última forma depende de que Dios así lo dispusiera, como dispuso todas las leyes que rigen la naturaleza.
Todas estas leyes entonces, que marcan lo posible e imposible a nivel humano, son disposiciones divinas.
Tiene bastante sentido por lo tanto que nos limitemos a pedirle a Dios aquellas cosas circunscritas dentro de la esfera de sus disposiciones y que Dios no actúe en forma que altere las leyes por el mismo impuestas (aunque pueda hacerlo, si lo desea, en circunstancias excepcionales). Después de todo, este actuar "natural" de Dios es tan demostrativo de su poder como lo sería un actuar sobrenatural, ya que una y otra cosa le son igualmente posibles y el hecho de que nos impresione a nosotros mas lo segundo se debe simplemente a un mero acostumbramiento a lo primero.
Otra objeción al respecto, que suele alentar las sospechas escépticas, es el hecho de que según las escrituras Dios aparentemente alteraba las leyes naturales con bastante asiduidad en la antigüedad, cuando nosotros convenientemente no estábamos, cosa que ahora no ocurre.
Esta apreciación también es errónea. Dios no actuaba en forma sobrenatural con frecuencia, sino por el contrario en casos particulares, y con respecto a individuos y ubicaciones geográficas específicas las más de las veces. Estas actuaciones milagrosas registradas en la Escritura acostumbran estar estrechamente entrelazadas con momentos críticos en la historia del hombre y de la revelación que a este hace Dios de Si mismo y si su lectura despierta en nosotros esa sensación de "asiduidad milagrosa" es porque son justamente estos momentos críticos los que la Biblia se encarga de registrar.
Sabemos que estos momentos alcanzan su punto cumbre con en el advenimiento de Cristo, según lo cual es lógico que estas operaciones sobrenaturales hayan comenzado a partir de entonces a declinar, hasta el tiempo en que Dios intervenga nuevamente en el devenir de los acontecimientos, para marcar el fin de la historia tal como la conocemos.


