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martes, 24 de agosto de 2021

Sentir a Dios (1)

(Post publicado originalmente en agosto de 2009)

Cuando una persona que afirma la existencia de Dios es interrogada respecto a las evidencias en que se apoya para hacerlo, es bastante común que aquella conteste, palabras más o menos, de la siguiente manera: "Creo que Dios existe porque lo experimento y lo siento así en mi vida". Técnicamente, por decirlo así, la respuesta no es mala. El cristianismo, al que me refiero aquí en forma específica, es una fe con un fuerte acento puesto sobre la posibilidad de relación entre el hombre y un Dios personal. No un Dios lejano que controla el mundo desde algún remoto rincón del universo, ni un Dios impersonal plausible de ser concebido como una simple forma de energía, sino un Dios con personalidad, raciocinio y voluntad, que está en constante interacción con sus creaturas. Si se cree en un ser que es todopoderoso y reúne estas características, sería lógico pensar que el mismo tiene la capacidad de darse a conocer en forma fehaciente. No obstante esto, la afirmación de que el hombre pueda en base a sus vivencias al respecto, atestiguar de manera irrebatible la existencia de Dios, es no sólo rechazada de plano por aquellos que son escépticos respecto a estas cuestiones, sino también, con frecuencia minimizada por los apologistas de la cristiandad.

Particularmente pienso que no se debe, ni abusar de esta declaración, ni desecharla con tanta rapidez. La utilización a la ligera de la expresión "creo en Dios porque lo siento en mi vida", o alguna otra equivalente, como una respuesta estándar, prefabricada para echar mano de ella en forma irreflexiva, con el único fin de tener que contestar y zanjar un disputa, genera un halo de cierta hipocresía en torno a nuestra religiosidad, cuando no se condice con la realidad.

Si yo afirmo tener tan estrecha relación con Dios, que mi fe respecto a él es inconmovible, pero mi personalidad y mi conducta no reflejan ninguna diferencia substancial al de cualquier otra persona, en términos de las motivaciones más profundas que guían mis acciones, la razonable conclusión de cualquier observador externo sería que eso que llamo "relación estrecha con Dios" y "fe inconmovible" son estados más vale bastante ordinarios y carentes de un valor verdaderamente relevante.




(Continúa.)

sábado, 21 de agosto de 2021

La lucha por el gozo en Dios

Reseña de Cuando no deseo a Dios (John Piper), capítulo 3.

En el capítulo 3 de Cuando no deseo a Dios Piper aborda el problema de la lucha por el gozo utilizando una ilustración. Hay gustos que son moralmente neutros, como la preferencia de cierto tipo de helado por sobre alguna otra cosa, pero espiritualmente no pasa lo mismo. El no gustar o no preferir a Cristo implica pecado. La esencia de la maldad está en preferir otras cosas antes que a Dios, quien satisface real y plenamente.

Esta idea es ejemplificada con la tipificación que hace Jeremías respecto al enfriamiento espiritual de Israel, cuando dice que sus habitantes abandonaron a Dios “fuente de agua viva” y cavaron para si “cisternas rotas que no retienen agua” (Jer. 2:13).

La urgencia de la situación reside en que, a diferencia de otros tipos de gustos o preferencias que no conllevan mayores consecuencias, nuestra capacidad de gozar de Cristo esta vinculada a nuestro porvenir eterno. Según el autor, de hecho la conversión lleva implícito el acto de gustar con agrado de la gloria de Dios. De todo lo antedicho se desprende la importancia de luchar por este tipo de gozo.

Piper termina analizando la responsabilidad aparentemente paradójica, que como hombres tenemos, de luchar por un gozo que no depende en principio de nosotros sino que es un don gratuito de Dios. Del análisis de esta cuestión, el autor extrae tres conclusiones:

Uno, no sólo el gozo sino la propia lucha es un don de Dios; dos, nuestra batalla por el gozo no nos lo garantiza inmediatamente pero nos ubica en el camino por donde el gozo viene, y; tres, nuestra batalla por el gozo es una batalla por discernir la gloria de Cristo.



viernes, 20 de agosto de 2021

Cuando no deseo a Dios capítulo 1, Reseña

Reseña de Cuando no deseo a Dios, por John Piper, capítulo 1. 

Piper comienza el primer capítulo de su libro, Cuando no deseo a Dios, aludiendo al concepto de hedonismo cristiano, que ha sabido desarrollar en publicaciones anteriores. Para quien no este familiarizado con su obra, podemos decir que el hedonismo cristiano esta relacionado con la búsqueda de placer y deleite en Dios, no sólo como un resultado o consecuencia de la vida espiritual sino incluso como una necesidad y un deber, para su saludable desarrollo. Sugiero por supuesto remitirse a los libros del autor para lograr una idea más acabada sobre el tema.

El autor explica que entender esto fue para él una revelación tanto liberadora como devastadora. Liberadora, porque despejaba del camino del crecimiento espiritual. Los prejuicios que usualmente tenemos respecto a que el disfrute es malo y que la religión se basa más en obligaciones. Devastadora porque comprendió que el gozo supremo que proviene de Dios no se obtiene fácilmente sino que su llegada nos es constantemente estorbada por la inclinación hacia deleites que el pecado engañosamente hace parecer como más deseables.

A partir de estos conceptos, Piper introduce la idea de que la vida cristiana, entendida como la búsqueda de este disfrute supremo, es algo sobrenatural. Algo imposible para el hombre de lograr por si mismo, y que sólo Dios la puede conceder. El autor hace, en este contexto, una selección digna de ser leída de fragmentos escritos por creyentes que en diversas épocas meditaron y profundizaron sobre estos temas, a fin de dejar en claro que no está vertiendo ninguna idea extraña sino un concepto escritural que sinceros siervos de Dios ya han descrito con antelación.

Finalmente, Piper deja en claro que su intención no es abonar el campo del conformismo cristiano occidental, sino que por el contrario pretende establecer que el deleite supremo del que Dios es fuente, es tal que se manifiesta en la disposición a renunciar, por parte de aquel que lo encuentra, a toda comodidad y garantía de bienestar terreno si es necesario.