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sábado, 26 de septiembre de 2020

No contenderá, ni voceará

No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz. La caña cascada no quebrará, Y el pábilo que humea no apagará, Hasta que saque a victoria el juicio. 
 Mateo 12:19 - 20 

Esta profecía de Isaías que el evangelista aplica a Jesús nos brinda bello mensaje sobre su obra y su persona. "No contenderá, ni voceará, Ni nadie oirá en las calles su voz"; versículos antes Mateo relata en efecto, que el Señor encargaba rigurosamente a aquellos quienes sanaban que no divulgaran tales milagros. 

Esta lógica con la que Jesús actuó es contraria al espíritu de nuestras sociedades. En ellas los hombres disputan, se agreden e intentan sobresalir exhibiendo lo más posible cualquier cosa que pueda llegar a ofrecerles la más mínima posibilidad de jactancia. La actitud de Jesús fue distinta. Se caracterizó por la serenidad y la mansedumbre. Cuando lo maldecían no respondía con maldición, sino encomendaba su causa al que juzga rectamente. No se desesperaba por imponerse sobre otros, y ciertamente no buscaba popularidad. 

Sin embargo, su actitud pacifica no implicaba resignación o aceptación fatalista de un destino que lo superaba. El Señor mostraba por el contrario la serenidad de quién está seguro del resultado de sus acciones. "Hasta que saque a victoria el juicio". Aunque Jesús no se afanaba por su causa como lo hacen los hombres; disputando, irritándose y levantando la voz, la victoria de su misión estaba asegurada.

lunes, 28 de marzo de 2011

Evadiendo la exaltación

Pero entendiendo Jesús que iban a venir para apoderarse de él y hacerlo rey, volvió a retirarse al monte él solo. Juan 6:15

Jesús no sólo estuvo dispuesto a sufrir dolor y desprecio a fin de cumplir la voluntad de Dios, sino que además estuvo dispuesto a evadir lo opuesto, es decir la exaltación, el aplauso y la alabanza humana, si esta no se ajustaba a la divina voluntad.

La tendencia en mi como hombre es marcadamente diferente. Si existe la posibilidad de acceder a alguna posición bien vista por los demás en cualquier esfera de actividad social en la que me desenvuelva, siento la inclinación a afanarme por conseguirla, al punto de estar sumamente ansioso al respecto y de centrar gran parte de mis pensamientos en ello, convirtiéndolo en el centro de mis preocupaciones. Cuando la consecución de ese objetivo, por otra parte se retarda, o se malogra por completo tiendo a sentirme frustrado y decepcionado.

Señor, enseñame a ser como Jesús. Mi objetivo tiene que ser ceñirme a tu voluntad y descansar en ella, y no el buscar posiciones de relevancia o exaltación a nivel social que no estén en tus planes. moldeá mi mente y mi corazón para que piense y sienta de acuerdo a esto. En el nombre de tu Hijo, amén.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Amar sin motivo

Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente,apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguien tuviera el valor de morir por el bueno. Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Romanos 5:6-8

Pasaje conocido si lo hay, dice algo sin embargo en lo que no siempre reparamos. La sociedad le otorga valores a las cosas, distintos valores. A medido que el ser humano crece, dentro de una cultura determinada, aprende a valorar el mundo que lo rodea de acuerdo a esa escala. En general tenemos una tendencia a amar aquellas cosas que son valiosas para nuestra cultura. En cuanto a las personas, particularmente, percibimos como más dignas de ser amadas aquellas que cumplen o acaparan cierto número de aquellos atributos que consideramos valiosos: belleza, simpatía, cierta destreza, etc.

Pablo nos recuerda el hecho de que Cristo murió por nosotros cuando aún eramos débiles, siendo aún pecadores. El amor de Dios no se basó en algún atributos favorable que pudiéramos ostentar.

Esto nos enseña por lo menos dos cosas. Una, que Dios simplemente nos ama. El puede agradarse en nosotros cuando hacemos lo bueno, por supuesto, igual que a nosotros nos gusta la compañía de aquellos con quienes tenemos afinidad, pero más allá de eso nos ama a pesar de lo imperfectos que podamos ser. Cristo murió por el hombre cuando este estaba todo lo alejados de Dios que pudiera estar. Eso demuestra lo incondicional de su amor.

En segundo lugar es un llamado de atención a la forma en que nosotros estamos dispuesto a conceder nuestro amor. Debemos amar a las personas en cuanto personas, y no en base a los atributos que para la sociedad son valiosos. Amar no solo a los que nos gustan o nos caen bien sino a todos los que nos rodean y forman parte del núcleo en que nos desplazamos.

Nuestra cultura nos impone un modo de ver las cosas según el cual algunos nos dignos de ser amados y otros son patéticos. El ejemplo de Cristo nos insta a amar al prójimo cualquiera sea su condición, así como Dios nos amó a nosotros.

viernes, 19 de marzo de 2010

Crítica a la razón cruda

El conocimiento envanece, pero el amor edifica.
1Co 8:1

Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.
1Co 10:24


Tocando en una de sus cartas a los Corintios, una cuestión sobre la que aparentemente estos le habían consultado, Pablo vierte algunos conceptos que resultan interesantes para complementar algunas de las ideas tratadas en los últimos post.

El asunto era si consumir o no las viandas que se vendían en el mercado luego de haber sido utilizada en los cultos celebrados a los ídolos.

El apóstol hace referencia a dos grupos de creyentes, en relación con este tema, dentro de la congregación a que va dirigida la carta. El grupo formado por aquellos que tenían conocimiento, sabía que no iban a ser ni más ni menos por lo que comieran, pero había otros hermanos, “débiles” dice Pablo, que no terminaban de asimilar esta idea.

Es de destacar que las palabras del apóstol no parecen ir orientadas tanto a vindicar la opinión de los hermanos con conocimiento, sino que contienen más bien una advertencia dirigida a estos, en cuanto al cuidado que debían tener de no envanecerse a causa de su conocimiento, y de evitar causar daño con su proceder a los hermanos débiles, aun cuando estos últimos estuvieran equivocados.

Es como si les dijera: "No importa que ustedes tengan razón, si lo que hacen es de tropiezo al hermano, aun a causa del error suyo, deberían cambiar de actitud".

Resulta una declaración bastante impactante, porque comúnmente estamos acostumbrados a pensar de forma muy distinta. Si estamos en lo cierto acerca de algún tema en torno al cual discurren más de una opinión, consideramos imperioso que se modifique el actual estado de cosas, si no coincide con nuestra postura, y se reconozca lo antes posible que nosotros tenemos razón.

Nos encontramos en esta escritura frente a un llamado de atención importante respecto a la citada actitud, el cual, desde una perspectiva más amplia, permite advertir la presencia de otros factores interviniendo en este tipo de situaciones, entre los cuales debiéramos prestar especial cuidado a la forma en que nuestras actitudes, aun cuando se apoyen en opiniones correctas, influyen en los demás.

jueves, 4 de marzo de 2010

Un yanqui en la corte del Rey Arturo y un cristiano en el mundo de hoy (III)

Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?
Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.
Mateo 18:21-22

Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?
1 Cor 6:7

Una primer cuestión importante, entonces, consistiría en el cambio respecto a la persona en que se pone el foco en una situación conflictiva o de desacuerdo. Un segundo aspecto, derivado del anterior, atañe al elemento sobre el que se proyecta la atención en este nuevo enfoque. Este elemento básicamente consiste en la actitud con que se afronta el problema, y la actitud apropiada es presentada por Pablo como aquella caracterizada por la paciencia.

domingo, 21 de febrero de 2010

Un yanqui en la corte del Rey Arturo y un cristiano en el mundo de hoy (II)

¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano...
Lucas 6:41


En el post anterior me refería a cierta concepción bíblica, referente a la forma de encarar determinadas situaciones de interacción con los demás, contenida por ejemplo en las palabras finales que destina Pablo a Timoteo en su segunda epístola a este (2 Ti 2:24 y 25).

Uno de los elementos destacables dentro de esta concepción, nombrado en la primer entrada y que intento profundizar en esta, es un cambio respecto a la persona sobre la que se pone el foco, en una situación conflictiva del tipo yo - otro.

jueves, 11 de febrero de 2010

Aceptación Vs. Simulación

El hombre manso (…) no se anda preocupando tontamente por sí mismo. El reconoce que es débil e indefenso, tal como Dios se lo ha declarado (…) En sí mismo, es nada; pero en Dios, es todo. Ese es su lema. El sabe bien que el mundo nunca lo verá a él como Dios lo ve, y por eso ha dejado de preocuparse. Se queda perfectamente contento al permitir a Dios que El establezca sus propios valores. Espera con calma el día en que Dios le ponga su justo precio, y todas las cosas valgan por lo que realmente son.(…) Mientras tanto, descansa tranquilo teniendo paz de corazón. Mientras camina en mansedumbre, está feliz, dejando que Dios defienda su causa. Ha terminado la lucha de defenderse a sí mismo. Ha hallado la paz que trae la mansedumbre.

También se ha liberado de la pesada carga de la simulación. Por simulación no queremos decir hipocresía, sino ese humano deseo de mostrar siempre lo mejor que tenemos, ocultando cuidadosamente nuestros defectos. Porque el pecado nos ha jugado muchas malas pasadas; y una de ellas es la de infundirnos un falso sentido de vergüenza. Raro es el hombre, o la mujer, que saben presentarse llanamente, sin querer aparentar lo que no son. El temor de ser considerados inferiores corroe su corazón como polilla.(…)

Jesús dice a hombres y mujeres en todas partes, "Venid a Mí los que estáis trabajados y cargados, que yo os daré descanso” El descanso que El ofrece es el descanso de la mansedumbre, el bendito descanso que nos viene al aceptarnos tal como nosotros somos, sin ninguna clase de simulación.


A.W. Tozer, LA BÚSQUEDA DE DIOS

domingo, 7 de febrero de 2010

Un yanqui en la corte del Rey Arturo y un cristiano en el mundo de hoy (I)

En Un yanqui en la corte del Rey Arturo Mark Twain invierte varias carillas en relatar la discusión habida entre el protagonista, proveniente de la Connecticut del siglo XIX, y una serie de trabajadores medievales. El primero intenta desesperada e infructuosamente hacer entender a sus interlocutores que el salario por ellos recibidos no es en realidad superior al pagado por el mismo trabajo en la otra parte del país, como aparenta, ya que por efecto de la inflación, ellos pueden adquirir menos productos con lo que ganan.

El escritor describe con la precisión de quien ha estado en similar posición, la forma en que el Yanqui se exaspera progresivamente a medida que sus cada vez más esforzadamente simplificadas explicaciones son rechazadas una a una por sus tozudos oponentes, quienes encima parecen asumir una postura de superioridad o condescendencia hacia aquel extranjero tan confundido, según el parecer de ellos, sobre cuestiones tan claras.

Debo decir, antes de continuar, que varias veces me he sentido identificado con este relato, por lo que al escribir lo que sigue, me sitúo yo mismo como particular destinatario de la crítica que contiene.

Creo que existe una notoria tendencia en nosotros (incluyendo en este nosotros a los seres humanos en general), a veces en forma más pronunciada, a veces menos (admiro esto último), de sentirnos ofendidos cuando otros ponen en duda nuestras afirmaciones o expresan opiniones o posturas que entran en contradicción con las propias. Sentimos la necesidad de que el otro nos de la razón y se reconozca equivocado, y nos enojamos si no ocurre así.

Pablo, en una de sus cartas, dando a Timoteo algunas instrucciones y consejos finales, vierte algunas palabras respecto a la forma en que debe afrontar el siervo del Señor este tipo de situaciones, y en la descripción que hace de la actitud apropiada, destaca la paciencia que debe manifestar quien intenta corregir a otro.

Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad...(2 Ti 2:24 y 25)

Es de destacar que contrariamente a lo que habitualmente ocurre, el apóstol parece otorgar mayor importancia a la necesidad de que el siervo del Señor se mantenga calmo y amable, antes que al hecho de que convenza al otro. Esto último se presenta incluso como algo más vale contingente desde un punto de vista humano, ajeno en parte a nuestro control e independiente de nuestra capacidad.

Puede llegar a parecer una cuestión accesoria pero creo que encierra en realidad una profunda concepción referente al carácter que debiera manifestarse en quien pretende seguir a Cristo, desde el punto de vista de las relaciones interpersonales.

(Continúa...)

martes, 9 de septiembre de 2008

Religión de amor

Dice Freud en Psicología de las masas y análisis del yo:

"... aquellos que no forman parte de la comunidad de los creyentes, no aman a Cristo ni son amados por él. Por este motivo, toda religión, aunque se denomine religión de amor, ha de ser dura y sin amor para con todos aquellos que no pertenezcan a ella. En el fondo, toda religión es una tal religión de amor para sus fieles y en cambio, cruel e intolerante para aquellos que no la reconocen."

En principio no queda claro de donde extrae que Cristo no ama a aquellos que no pertenecen a la comunidad de creyentes. No puede decirse del Jesús de carne y hueso descrito en los evangelios, que intercedía ante el Padre por aquellos que lo crucificaban, tampoco del Cristo doctrinal, por decirlo así, desarrollado en las epístolas a partir del primero, de quien se nos dice que al morir en la cruz, ocupó voluntariamente el lugar del pecador.

Las restantes afirmaciones son mas entendibles. No creo que la lectura hecha por el pensador austriaco, del fenómeno religioso, represente un punto de vista particular y exclusivo. Con demasiada frecuencia hacemos de la religión un sistema social como cualquier otro, que se muestra benévolo con los que adhieren a sus normas, pero receloso y hostil con los que no las aceptan o se desvían de ellas.

En el imaginario social de nuestra época se asocia al cristianismo mas con un agente acusador e intransigente que con uno amoroso y compasivo. Desplazamos tristemente la posición del Hijo de Dios, del lugar del "ni yo te condeno" al del fariseo con piedras en la mano. Entiendo que a este Cristo se refiere el fundador del psicoanálisis, al Cristo que refleja la iglesia. Después de todo somos el cuerpo visible de él en la tierra.

Es un llamado de atención importante. Si podemos tergiversar la imagen de aquel que sufrió la cruz por nuestras transgresiones, en la de alguién cruel e intolerante, estamos errando por mucho. Antes de poder predicar una religión de amor creible, necesitamos convertir nuestras vidas en pruebas empíricas de su existencia.